Puede que yo no tenga nada que transmitir al mundo, pero sí sé una cosa.
Ellos ya me han aportado mucho más de lo que podría imaginar, y al igual que ellos, soy una soñadora, y me quedan aún miles de sueños que hacer realidad.

Allá por el año 1960, un muchacho se dirigía con su padre hacia la estación de tren de su pueblo, una pequeña localidad de Cuenca, ya que estaba llamado por parte de la nación a realizar el servicio militar. Este chico, que provenía de una familia trabajadora, jamás había salido de su pueblo y no conocía nada a parte de las puestas de sol desde la plaza central, la matanza o la cosecha. Una vez en el andén, el padre del chico le pegó un empujón de repente a su hijo, y le hizo caer a las vías, que yacían solitarias a la espera del tren.
El hijo se levantó rápidamente y se apartó vías. Acto seguido le preguntó a su padre:
- Padre, ¿Por qué ha hecho eso?
A lo que el padre respondió:
- Hijo, nunca hemos podido ofrecerte nada. Ahora que te vas a la capital a servir al país, te he dado el empujón a las vías porque es el único consejo que puedo darte: No te fíes ni de tu padre.
No tengo rumbo. Parece que la pequeña brújula que indicaba el norte ha desaparecido. Será que ni siquiera sé por dónde empezar ni como seguir mi camino. Con varios frentes abiertos, y sin nada claro. No se me ocurre ninguna alternativa o solución. O que quizás veo tan claro lo que debo hacer, pero me falta el coraje de llevarlo a cabo. Y en esto, estoy sola. No tengo más alternativa que resolverlo por mí misma y mayormente sea eso lo que me asusta, tener que decidir por mi misma.